sábado, 14 de diciembre de 2013

Tiren ladrillos.

Abajo sobrevive una panadería. El panadero y su mujer casi sobreviven, los panes los hacen y venden sus nietos, orgullosos, con las manos negras y el sudor en la espalda. Subiendo las escaleras y aún más arriba el helicóptero que acecha por sobretodo, sugiere la doble línea, anuncia a los corruptos. Los corruptos que son los ignorantes de un país que me pertenece. Pero en el medio están los hijos no hay luces y suenan tambores que pretenden una queja que estos chicos no comprenden. Una queja que solo entienden los de abajo. Los tambores retumban en candombe de protesta, en candombe de justicia por los pies descalzos. La percusión que se desalma si no es tocada por quienes la llevan en su sangre envenenada. El compás que se desarma si no te hipnotiza el ritual. El ritual de los que lloran, los que sobreviven. Cuando estos hijos, sin mugre en sus uñas, juegan de inocentes también de ignorantes. No las veo, almas, solo cuerpos. Si se toca que se haga en nombre de los descalzos, en nombre de los que murieron, en nombre de los ángeles en bicicletas. En nombre de los que le hablan a Dios, de los que le piden salud, de los que le piden un nombre. Pero los hijos cantan contentos “que bajen las armas”, mientras en sus casas las guardan y apuñalan a los de abajo más y más profundo. Ni torta ni pan para los enfermos. Los altos se ponen un pañuelo en la cabeza y sonríen. Recuerden que los están vigilando, los mártires de la desigualdad. Recuerden que aquí, los que están más arriba, son los que fueron muertos. Quizás en una nube. Los apellidos acusan, hijos mediocres y hipócritas, los acusan de no llegarle a la música, a la música que es sentimiento, arte y venganza.

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